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June 02

Irse...

...y así nunca tener que decir adiós

Hace tiempo que el cuerpo me pedía mudanzas y por fin me decidí a hacerlo público (aunque, como todos los procesos, comienzan a incubarse desde mucho antes de hacerse visibles). Después de haber pasado un tiempo dividida en dos, como si jugase al teléfono con envases de yoghurt, ahora sí que me voy a Islandia.

http://diariosdeislandia.blogspot.com

Mil gracias a todos por haber estado ahí. Espero que, al menos algunos, me acompañéis en esta nueva fase. La novia seguirá aquí, intacta e imborrable, esperando a que la besen. Quién sabe, quizá algún día...

 

 

May 27

A una chica desnuda

Entré en el vagón, me senté y mis ojos cayeron de bruces sobre ella.

El destino, al sentarme frente a ella, me enseñó a quererla. Tenía una espiral dibujada en el centro de los labios y los ojos perdidos, tumbados quietos bajo las cejas, que de vez en cuando eran sacudidas por una ola suave, de ésas que balancean los barcos en las bahías. La empecé a mirar a escondidas, después con algo más de descaro y, en las últimas estaciones, sin el más mínimo respeto, dejando caer mi periódico sobre las piernas, a la espera de que reparase en mi presencia desde allá donde quiera que estuviese. Todo el vagón me miraba mirarla, en un juego de voyeurs que me complacía y me hacía sentir mal a partes iguales.

Ese espacio compartido por nosotros dos me enseñó a quererla, como digo: descubrí sus lunares; las esquinas de su pecho, que dice Ferreiro; el compás de sus respiraciones; la v que juntaba sus muslos; adiviné sus pantorillas tras la falda y juraría que un dedo se movió debajo de sus playeras. Yo seguía esperando a que me devolviese la mirada desde su espejo girado, pero llegué a mi parada y las puertas se abrieron.

La dejé desnuda sobre mi cama y me bajé del tren colorado como un tomate.

 

May 19

Diario de a bordo

 
19 de Septiembre de 2007. Latitud 64 10 N
 
"Me pasé tanto tiempo contemplando mi dolor, tirándolo por la borda sólo para ver cómo se estrellaba contra el mar, que no caí en la cuenta de que hay luces que cuando se apagan no vuelven a encenderse. Estaba tan intoxicado con mi propia infección que ni siquiera llegué a plantearme si la echaba de menos. A medida que el barco se alejaba del frío y el hielo se derretía, relajé mis músculos y volví a alegrarme de que la primavera se asomase poco a poco por el borde del océano. Quedaba sólo un mes para volver a casa. Los días se hicieron más largos, recuperé el apetito y de vez en cuando hasta silbaba; y así pasaron en un suspiro las semanas que me separaban de mi regreso. Cuando desembarqué mis pies en el asfalto cocido de Madrid, noté una bofetada de calor que me tiró la tensión y la alegría por los suelos. Fue al ver de nuevo a la canícula paseándose por las calles desiertas y los vasos vacíos de mis amigos tirados por el suelo cuando comprendí que hay caminos que sólo pueden recorrerse en un sentido. Esa noche me acerqué a la puerta de su casa sólo para mirarla por última vez, y en dos días mi barco partió de nuevo."  

 

May 18

El exilio

 
Paseo por Madrid como una forastera. Sus ojos son ahora un país extraño que no me reconoce y que yo no encuentro en el mapa. He perdido el pasaporte... y sólo me sale un "qué más da" en forma de suspiro.
 
Todos somos extranjeros en alguna parte del mundo.


Warming up by SomeThing ArTsy

 

May 13

Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla


Todos tenemos habilidades secretas. Yo tengo la de llorar mientras leo el periódico. Hacía tiempo que no me pasaba, pero esta mañana, mientras desayunaba, la historia de una chica que murió con 32 años ha conseguido devolverme a mis viejas costumbres. Es (nada de era) Marta, la hija de Peridis, el conocido dibujante de EL PAÍS. El pasado año, un cáncer se la llevó de la cama de un hospital, pero no ha conseguido borrar las pisadas de sus sandalias de las playas de Asturias, que tanto le gustaban; es más, parece que haya inyectado en los que la querían esa extraña fuerza nacida de la tristeza que levanta todos los homenajes. Su padre ha recopilado todas las cartas y escritos que Marta envió a familiares, amores y amigos para construir Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla, una especie de autobiografía póstuma.

Es desalentador y alentador casi a partes iguales leer una vida que acabó tan pronto, conducida por la propia dulzura de Marta, que contemplaba con serenidad cómo el mundo se preparaba poco a poco para despedirla. Ver cómo la Marta niña juntaba con dificultad unas letras con otras, guiándose sólo por los sonidos; cómo la Marta adolescente se sentía más fea e ignorada que nadie; y cómo a la Marta joven se le iba apareciendo la muerte paulatinamente, en una especie de preparativo cruel: primero Freddy Mercury, después su tío... por último, ella. En ese camino, Marta aprendió a mirar las cosas con amor y con humor, quizás los dos ingredientes más básicos de cualquier supervivencia, incluso de las más cortas. Pero la sensación que deja el final del libro, dictado desde el mismo hospital, es indescriptible. Lo único que puedo hacer después de leerlo es dar mi enhorabuena a todos los que por fin comprendieron el valor de las cosas pequeñas, y esperar que no les llegase ese regalo demasiado tarde. Aunque nunca es tarde.

"He soñado con mi Asturias infinitas veces para redimirme. Mis pies deben de tener memoria de cada grano de arena y cada piedra. Pero yo no recordaba. La mirada de Cora no se cansaba de pedirme salir, pero, sobre todo, de que yo disfrutara con ella. Hay tantas cosas, grandes y pequeñas, que es una lástima tener que sufrir para poder mirarlas. Dicen que todo tiene un precio, y yo creo que no es cierto, se trata de querer cosas sencillas, amables, livianas, para que te dé tiempo de mirarlas, una a una.

Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla"

__________________________________________________________________________________________

Una oda a las pequeñas cosas. ELPAIS.com, Sociedad

Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla. Blog del libro de Marta Pérez Martín

 

May 05

La hora de los valientes


Red Shoes by Julie Cerise

Se detuvo en medio del proceso de cepillar los dientes para observarse en el espejo con la boca llena de espuma. Consiguió olvidar tales circunstancias y ver más allá de su reflejo. Rememoró entonces las últimas tardes con él. Había evitado por todos los medios el contacto físico -no tanto por miedo como por tentación- y, sin embargo era algo que no lograba apartar de su cabeza.

Recordó su olor, el calor que desprendían todos y cada uno de sus movimientos,y comenzó a imaginar. Cuando lo hacía, era imposible detenerla. Imaginó sus manos en su cintura, el petróleo de sus ojos, el abismo impenetrable de su pelo, el horizonte desde sus hombros; todo sintetizado perfectamente en una silueta única hecha de ellos dos. Y se imaginó arriesgando: dando vueltas y vueltas, el eco sordo de la música, la inseguridad de la primera vez, el zumbido en los oídos, el calor... quizás alguna gota de sudor en su frente o en su pecho. Se agarraría fuerte a él hasta que todo terminase y entonces cerraría los ojos con fuerza, para dejar escapar el gemido sólo a través de las pestañas. "Estás temblando... ¿te encuentras bien?"

Tras ponerse en lo peor y evaluar posibles daños y beneficios, se decidió. Bajó a una tienda del centro y allí se compró unos zapatos rojos de pulsera: uno plano y otro de tacón. Estaba hecho: iba a olvidarse de la polio y esa misma noche lo invitaría a bailar.

 

April 29

Siempre nos quedará Madrid

 
 
Había pasado mucho tiempo, quizá una década, desde la última vez. Se había enfriado el amor y también el desamor, y consiguieron que aquel encuentro funcionase de forma cordial, casi como entre dos compañeros de oficina que coinciden en la playa durante las vacaciones. Ella lucía un embarazo avanzado de padre huido y él, gesto de escéptico satisfecho de su condición. Se pararon en un semáforo del centro.
 
- Madre mía, no esperaba verte así.
 
Era verano y ella, enfundada en un vestido que la hacía parecer aún más preñada, lamía un helado con verdadera devoción.
 
- ¿Pero es que esperabas verme?
 
Allí siguieron, sorprendiéndose mutuamente durante cinco minutos. Tras descubrir que caminaban en la misma dirección, avanzaron juntos algunos metros de la acera, hablando de terceras personas y asuntos tangentes a ellos, hasta que se produjo otro encuentro. Una amiga de ella, a la que no veía desde que terminaron la escuela, se dio de bruces con los dos. Se abrazaron, rieron nerviosas, se pusieron coloradas; se dijeron más cosas con los ojos que con la boca, y dejaron demasiadas frases sin acabar. La amiga se marchó con prisa, como siempre, y la extraña pareja siguió paseando hasta que sus direcciones dejaron de ser compatibles. Quedaron en llamarse sin darse los teléfonos y se mostraron contentos de haberse visto. Lo último sí era verdad. Aquella misma tarde, la amiga llamó a otras conocidas para comunicarles la feliz noticia: había visto a A y B juntos por la calle y estaban esperando un hijo.
 
 
Felices desencuentros
April 26

Deep blue thoughts

El Océano Pacífico hace honor a su nombre con tsunamis, maremotos y tifones. Es un Océano que engaña, y está salpicado de fosas abisales, entre ellas, la más honda del planeta. Es la de las Marianas, de más de 11.000 metros de profundidad y situada junto a las islas del mismo nombre. Las fosas oceánicas son la frontera más profunda de la corteza terrestre, nacidas de la convergencia de dos placas y asociadas siempre a una intensa actividad sísmica.

No deja de asombrarme la capacidad de la mente para olvidar, pero también para rescatar del olvido ciertas cosas que se daban ya por perdidas. De todos los años de guardería, sólo mantengo un recuerdo: una botella grande de plástico que simulaba el fondo del mar. La había hecho alguna maestra, y pasaba de clase en clase para que todos pudiéramos contemplarla. Era una botella de dos litros que había contenido algún refresco, rellena ahora con témpera azul oscuro disuelta en agua, arena y peces y hojas de plástico. La mayoría de los niños la sostuvo unos instantes entre las manos para después correr despavorido en busca de cualquier otro juguete. Pero yo no; yo la agarré tanto tiempo como pude y, muchas noches, en medio del insomnio infantil, sólo evocar su movimiento pesado y suave parecía calmarme. Cuando -algunos años después- alguien me explicó lo que era una fosa oceánica, yo no pude evitar asociarlo con la imagen de aquella botella. Aunque sepa que el agua no es azul oscuro y que las olas no las mueven las manos de un niño.

Ahora, tras esta breve/leve preparación psicológica, me dispongo a sumergir ciertos pensamientos en mi fosa de las Marianas o en mi botella de plástico, según se mire. Allí estarán mejor, entre el espesor del azul y los torpes movimientos infantiles. A más de diez kilómetros bajo el agua, a miles de metros de lo que se ve. Pero once kilómetros se hacen rápido si te tiras de cabeza. Y arriba sigue existiendo riesgo de maremoto.

 

April 25

Enviada especial

 
 
Hoy vi elevarse mi voz entre anillos de humo y montañas de pensamiento; la vi sumergirse entre las sombras de mi conciencia porque yo, ya muda, así se lo ordené. La envié en busca de un tesoro difícil y bien escondido: la paz interior. Allá que se fue mi voz, dejándome, como ya digo, muda; y acá que me quedé yo, sonriendo nerviosa y balanceando los pies, como los niños que esperan mientras atienden a sus padres en el banco.
 
 ¿Ganas de escapar? Sigo teniendo muchas, pero de momento tengo gestiones que resolver por aquí. Por eso he enviado a mi voz en misión especial a los abismos: para que encuentre las palabras exactas mientras yo (callada) desenredo los hilos con los que un gato rebelde ha estado jugando las últimas semanas.
 
 Aquí nos quedamos el gato y yo, a la espera de que vuelva la voz con las excusas dichas y las quemaduras mojadas.
 
 

 

April 24

El abismo

 
 
Son sólo pestañeos, breves fragmentos de aliento; pero hay momentos en los que deseo que el suelo se derrita bajo mis pies como un río negro que me trague entera y me lleve. ¿Hasta dónde? Ni idea. Sólo digo que a veces no me gustaría estar aquí.
 

 
Qué más da. Yo seguiré  escuchando la música igual de alta, seguiré sin arreglar mis gafas, seguiré negándome a comer toda la mierda que me sirven en la Facultad aunque pague cuatro euros por ella, seguiré huyendo de los trámites hasta la fecha límite, seguiré acostándome tarde, seguiré llegando tarde... seguiré corriendo detrás del autobús y, a veces, mientras lo haga, albergaré la esperanza de que en ese momento se abra una brecha en el asfalto por la que yo pueda escapar. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Eso lo desconozco; sólo sé que en algún rincón del mundo ha de existir un abismo que me purgue. 
 
 
 
April 22

Para Indigesta

 
 
Esto va para nuestra oveja perdida, para la mujer más fatal del rebaño...
 
 
 
Sailing heart-ships
through broken harbours
out on the waves in the night
Still the searcher must
ride the dark horse
racing alone in his fright
Tell me why, tell me why
 
Is it hard to make
arrangements with yourself,
when you're old enough to repay
but young enough to sell?
 
Tell me lies later
come and see me
I'll be around for a while
I am lonely but you can free me
all in the way that you smile
Tell me why, tell me why
 
Is it hard to make
arrangements with yourself,
when you're old enough to repay
but young enough to sell?
Neil YOUNG, Tell me why
 
Cuánta razón tienes: los amigos deberíamos esperarnos, quedar todos en algún sitio para irnos juntos de este mundo. Aunque los dioses sepan que soy una hereje, hoy me gustaría levantar una iglesia para que alguien -quien tú quieras- te cantase dentro esta canción, con su correspondiente gran aplauso al final.
 
Un abrazo muy fuerte.
April 21

Metáfora

De todos los sueños raros y desagradables que he tenido durante esta semana, quizás el que peor sabor de boca me haya dejado sea el más inofensivo en apariencia. Yo estaba sentada en el sofá, y me pintaba las uñas mientras veía la tele. El sueño comenzaba como las buenas películas: llegando tarde. Cuando conseguí acomodarme en la ensoñación, ya hacía un rato que estaba inmersa en el trabajo de rascar, quitar esmalte negro, limpiar y dar esmalte rojo. Me pintaba varias uñas de rojo, miraba la tele un rato, y seguía con el resto. Al principio todo era mecánico y normal, pero pasado un rato (no sé cómo se mide el tiempo en los sueños) noté algo raro. Pretendía cambiarme el color de las uñas, pero no sabía cuál era el original y a cuál quería llegar. Cada vez que me miraba las manos, la mitad de los dedos se habían confabulado en un extraño complot, intercambiando sus colores. Los que antes iban de negro ahora lo hacían de rojo, y viceversa. Yo sólo acertaba a dar más y más capas de esmalte encima de las ya existentes, y me daba igual si rojo o negro: sólo quería cambiar el color de las cosas.
 
Total, que me he despertado sin saber de qué color llevo las uñas.
April 16

Hoy vi llover bajo el Sol

 
 
You wanna see the most beautiful thing I've ever found?
 
 
"It was one of those days when it's a minute away from snowing. And there's this electricity in the air, you can almost hear it, right? And this bag was just... dancing with me. Like a little kid begging me to play with it. For fifteen minutes. That's the day I realized that there was this entire life behind things, and this incredibly benevolent force that wanted me to know there was no reason to be afraid. Ever"
 
"Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember... I need to remember..."

"Sometimes there's so much beauty in the world I feel like I can't take it... and my heart is going to cave in"

 
No me digas que estoy loca.
 
O sí.
 
Mejor grítalo en mis oídos fuerte, para que consiga creérmelo... para convencerme así de que el mundo no es eso horrible y hermoso que se me aparece cada día, sino que eso no es más que otro juego de mi mente. Dime que estoy loca, por favor, júrame que soy la única que hoy vio llover bajo el sol; y prométeme que no vendrás conmigo...
 
Porque estoy loca. 
 
 
April 14

Yo, Islandia


"Iceland looked like the moon, or maybe Mars. The terrain --he couldn't called it earth because it seemed to be lava-- was red and rippled as if frozen in mid flow"
Susan  KAYSEN, Far afield
 
Me ve la Luna pasar y, como a Rober, me pregunta a dónde voy.
 
¿Y dónde iré? Con mis pies de barro y mis canciones desgastadas, soltándome el pelo y recogiéndolo, diciendo sí sí sí y luego no no no... ¿dónde iré con esta mala cabeza y esta sangre dulce que a veces me sale por los ojos a raudales?
 
De momento me dirijo a Islandia, pero no a la que vigila fría y tranquila el mundo desde el Norte... no, allí no. Voy en busca de mi propia Islandia, de un punto cardinal que me sepa coger por los hombros en todos mis calentonazos y susurrarme: "Muchacha, tranquila, siéntate y respira".
 
Me voy a buscar el silencio, o su equivalente visual. Sólo desde la gélida Islandia podré divisar de dónde procede el fuego que hoy me quema.
 
So pardon me while I burst into flames
 
 
 
 
April 05

De lo (in)necesario...

 
- Yo soy Nakata. Y usted, señor gato, ¿cómo se llama usted?
- Lo he olvidado -dijo el gato negro-. No es que no tuviera nombre, pero dejé de necesitarlo y lo olvidé.
 
Kafka en la orilla. Haruki MURAKAMI
 
 
April 04

De un amigo...

"Y si te cansas de poner cara de idiota, pon cara de enamorada. Quizás cambien las cosas..."
April 01

A veces hay que cantar para no olvidar

 
De un tiempo perdido a esta parte, a esta noche ha venido
un recuerdo encontrado para quedarse conmigo
De un tiempo lejano a esta parte ha venido esta noche
otro recuerdo prohibido, olvidado en el olvido
 
Sentimentalmente para remediarlo
voy a quedarme contigo para siempre
Pero puede que te encuentre últimamente...
entre tanto, me confundo con la gente
 
Sentimentalmente nuestro por ahora
ese nido que el olvido ha destruido
Y si el viento me devuelve a tus orillas
Serenamente, será dormido
Serenamente, será dormido
 
De un tiempo lejano a esta parte ha venido perdido
sin tocarme la puerta, recuerdo entrometido
De un tiempo olvidado ha venido un recuerdo mojado
de una tarde de lluvia, de tu pelo enredado
 
Como siempre que se cambian los papeles,
voy a quedarme dormido en tu cintura
Y si me despierta el día presumido,
déjame quedarme un poco en las alturas
 
Para qué contar el tiempo que nos queda
Para qué contar el tiempo que se ha ido
Si vivir es un regalo y un presente,
mitad despierto, mitad dormido
mitad abierto, mitad dormido
 
Sólo sé que no sé nada de tu vida
Sólo me colgué una vez en el pasado
Presenté mis credenciales a tu risa
y me clavaste una lanza en el costado
 
Creo que no te dejé jugar con fuego,
sólo nos dijimos cosas al oído
Y si un día te encontrara una mañana
será posible, será dormido
será posible, será dormido
 
 
1990-1996
 
 
 
March 27

Hormigas voladoras

 
No puedo dormir, y llevo demasiadas horas dando vueltas en la cama como para avergonzarme de que alguien me vea despierta, así que contaré una historia que, en cierto modo, es mi historia.
 
A mí me encantaba estar allí...
 
Aún no entiendo como lograría arrastrar a mi pobre madre tantas tardes a aquel banco, para después abandonarla en medio de mi silencio y rodeada de jubilados, amas de casa y niños de teta que trataban de olvidar lo feos que son los agostos en Madrid. Sentarse allí en paz y armonía constituía toda una victoria, tras tantos años en los que la heroína nos había desterrado a las madres y a los niños de los mejores columpios del barrio.
 
Yo no estaba ya en edad de tirarme por el suelo a observar insectos -aunque reconozco que me habría encantado hacerlo-, pero tampoco conseguía integrarme en diversiones más adultas. Lo único que me apetecía entonces era sentarme a la hora en la que el sol se ha ido pero aún calienta la calle y dejar volar la cabeza, mientras los aspersores de los jardines se ponían en marcha, uno detrás de otro, como bailarinas que ensayan en la barra.
 
Por eso me gustan tanto los días nublados, porque su luz es como la de aquella hora de mis veranos, en la que la noche se iba acercando a aquel parque tan cutre pero tan acogedor, que me hacía sentir como si yo también tuviese pueblo en vez de ser un bicho desarraigado de ciudad. Las farolas, descuidadas, tardaban en encenderse, y siempre transcurrían unos momentos en los que sólo la luz de las cocinas preparando la cena iluminaba las aceras. Las hormigas voladoras salían entonces de su escondrijo (nunca sabré cuál es), y se abalanzaban sobre aquellos nísperos y ciruelas tan llenos de insecticida que ningún niño se atrevió a catar jamás.
 
Era una orgía veraniega de mentira, una especie de farsa que reproducía lo que seguramente sucedería a kilómetros de allí, donde los niños volverían a casa después de medianoche y las frutas sí podían arrancarse de los árboles sin necesidad de lavarse después las manos. Era una farsa, de acuerdo, pero era mi sueño de una noche de verano, y yo en aquel banco me sentía abandonada a los placeres de la vida, con un silencio pícaro, como si formase parte del juego que nadie supiera lo que me rondaba la cabeza.
 
Ahora me pregunto qué trajo esto de vuelta a mi memoria. Quizás haya sido el aire de la lluvia, que entra por la ventana y siempre consigue activar las regiones más misteriosas de mi cerebro. No he vuelto a ese parque desde hace más de ocho años, porque quiero hacerlo cuando me sienta capaz de no dejar que la nostalgia me impida disfrutar con el zumbido de los insectos en mis oídos. Quiero volver con algo o alguien bajo el brazo que merezca la pena. Y si tengo que esperar a ser madre, no me importa.
 
Será todo un honor.
 
March 20

La mujer pájaro

Ella parece sacada de una película de Erice. Es la niña que enamora a todos los viejos del pueblo. La imagino hace mucho, combatiendo el invierno de Castilla con sus grandes ojos desde la ventana, besando el pico de los pájaros en primavera y enseñando las piernas en la plaza en verano, mientras los vecinos se debatían entre el deseo y la ternura.

Perdida en la ciudad, se cree que lo ha encontrado - a él -, y se esfuerza por que sus mañanas sean una excusa para verla. Pero sólo consigue ser un cosquilleo en su oreja, un susurro en la nuca, mientras le tira flojito, muy flojito, de la manga del jersey... Se vuelve ausente de nuevo, como en los inviernos de Castilla, y lo ve alejarse detrás de otras sonrisas y otras miradas, ajeno a esos grandes ojos que lo siguen desde la ventana.

Se abraza a su carpeta con manos tristes, porque su alegría se ha ido a sentarse con otra. Lo que no sabe es que, aun nublada, es capaz de despertar el calor joven en el corazón del viejo y un anhelo viejo en el corazón del joven, que la recordará cuando todo sea frío y no haya más mañanas para verla.

Qué equivocado estaba... pero ella ya está besando el pico de los pájaros.

March 18

Lucrecio y la africana

Esta es la historia del poeta Lucrecio y de su amor ciego y venenoso, venido desde las entrañas de África. Es un poco larga, lo sé, pero al menos a mí me ha merecido la pena leer hasta el final. Sigo sin ganas de escribir nada con mis propias palabras.
 

 
"Lucrecio hizo su aparición en una gran familia, desde hacía tiempo retraída de la vida civil. Sus primeros días recibieron la sombra del negro pórtico de una alta mansión construida en la montaña. El atrio era severo y los esclavos mudos. Desde su infancia vivió en un ambiente de desprecio a la política y a los hombres. El noble Memmius, que tenía su misma edad, soportó, en el agreste retiro, los juegos que Lucrecio le impuso. Juntos se asombraron ante las arrugas de los árboles viejos y espiaron el estremecimiento de las hojas bajo el sol, como un velo verdegay de luz salpicado de motas de oro. Atisbaban el lomo rayado de los cerdos salvajes que hozaban. Pasaban a través de los enjambres vibrantes de abejas, y por encima de las interminables legiones en marcha de las hormigas, cuya formación procuraban no perturbar.
 
Un día, desembocando un tallar frondoso, se encontraron en medio de una ancha plazoleta, rodeada de viejos alcornoques, plantados tan apretadamente, que su círculo abría en el cielo un pozo de azur. Un reposo indecible reinaba en este refugio. Teníase la impresión de encontrarse en un camino ancho y claro que se remontara hacia las alturas del aire divino. Lucrecio sintó en sí la bendición de los espacios en calma.
 
En compañía siempre de Memmius, abandonó el templo sereno de la selva para estudiar en Roma la elocuencia. El viejo patricio que gobernaba la alta mansión le puso un profesor de griego y le conminó a que no volviese hasta que poseyera cabalmente el arte de menospreciar las acciones de los hombres. Lucrecio no volvió a verle. Murió a poco, solitario, execrando el tumulto de la sociedad humana. Cuando Lucrecio regresó a la alta mansión abandonada, habitada ya tan sólo por los esclavos mudos, traía consigo una mujer africana, hermosa, bárbara y perversa. Memmius había vuelto a casa de sus padres. Lucrecio había visto la lucha de las facciones sanguinarias, las guerras de los partidos y la corrupción política. Pero sólo un hecho contaba para él en aquel instante, relegando el resto a plano secundario: estaba enamorado.
 
Al principio, su vida fue un perfecto deleite. La mujer africana permanecía horas y horas recostada contra las tapicerías de los muros, la masa undosa de sus cabellos negros cayéndole en cascada sobre los hombros y el seno. Cuando se reclinaba en el lecho para el sueño o el amor sus miembros tenían las líneas indolentes y gráciles de un animal libre de la selva. Rodeaba las cráteras de vino espumante con sus brazos flexibles cargados de esmeraldas translúcidas, y bebía lentamente, echando muy atrás la cabeza. Tenía un modo extraño de levantar en el aire un dedo y sacudir la frente. Sus sonrisas venían de un manantial profundo y tenebroso como los ríos de África. En lugar de hilar la lana, la desgarraba pacientemente, en vedijas menudas que revolaban en torno de ella.
 
Lucrecio anhelaba ardientemente fundirse a aquel cuerpo magnífico. Abrazaba con frenesí sus senos metálicos y adhería sus labios como una sanguijuela a los labios violáceos de ella. Las palabras de amor pasaron de uno a otro, fueron suspiradas, les hicieron reír y se desgastaron. Tocaron el velo sutil y opaco que separa a los amantes. Su voluptuosidad cobró mayor furia y deseó cambiar de persona. Llegó hasta la extremidad aguda en que se difunde en torno de la carne, sin penetrar hasta las entrañas. La africana se retrajo en su corazón forastero. Lucrecio se desesperó de no poder realizar el amor. La mujer se fue tornando sombría, altanera, silenciosa, semejante al atrio y a los esclavos. Lucrecio acabó estableciendo sus reales en la sala de los libros.
 
Fue allí donde un día, casi por azar, desenrollaron sus dedos el rollo en que un escriba copiara en tiempo lejano el tratado de Epicuro.
 
Inmediatamente comprendió la diversidad de las cosas de este mundo, y la inutilidad de esforzarse hacia las ideas. El universo le pareció semejante a aquellos copos de lana que los dedos buídos de la africana hacían revolar en torno de ella. Los racimos de abejas y las columnas de hormigas y la trémula urdimbre de la fonda fueron para él agrupaciones de agrupaciones de átomos. Y en todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discorde, ávido de disgregarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnales, y la imagen de la mujer bárbara un hermoso mosaico coloreado; y sintió que la finalidad del movimiento era triste y vana. Del mismo modo que contemplara en otro tiempo las contiendas cruentas de las facciones romanas y sus tropeles de clientes armados y vociferantes, contempló ahora el girar incesante de los rebaños de átomos teñidos por la misma sangre y que se disputan de continuo una oscura supremacía. Y vio que la disolución de la muerte no era sino la liberación de estas turbas turbulentas que se precipitan sin tregua hacia mil otros movimientos inútiles.
 
Y he aquí que cuando Lucrecio hubo concluido de leer el rollo de papiro, donde las palabras griegas se entretejían unas a otras al igual que los átomos del mundo, transpuso el pórtico negro de la mansión de sus antepasados y se adentró en la selva. Y distinguió entre los árboles el lomo rayado de los cerdos salvajes hocicando como siempre. Enseguida, atravesando el espeso tallar, se encontró bruscamente en medio del templo sereno de la selva, y sus ojos se sumergieron en el pozo azul del cielo. Y allí fue donde hubo de implantar el centro de su reposo.
 
Desde allí contempló la pululante inmensidad del universo: todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de estas cosas diversas, y su nacimiento, y sus dolencias, y su muerte. Y, entre la muerte total y necesaria, percibió claramente la muerte única de la africana, y lloró.
 
Sabía que las lágrimas provienen de un movimiento particular de las glándulas diminutas que tenemos bajo los párpados y que son agitadas por una procesión de átomos procedentes del corazón, cuando el corazón mismo se siente impresionado por la sucesión de imágenes coloreadas que se desprenden de la superficie del cuerpo de una mujer amada. Sabía que el amor era exclusivamente motivado por el ímpetu de unos átomos empeñados en unirse a otros átomos. Sabía que la tristeza causada por la muerte es la más falaz de las ilusiones terrestres, puesto que la muerta había dejado de ser desgraciada y de sufrir, mientras el que la lloraba se afligía por sus propios males y pensaba tenebrosamente en su propia muerte. Sabía que no queda de nosotros ningún doble simulacro para llorar sobre el propio cadáver, tendido a sus pies. Pero, aunque conociendo exactamente la tristeza y el amor y la muerte, y que no son sino imágenes vanas cuando se las contempla desde el espacio en calma en que cumple guarecerse, continuó llorando, y deseando el amor, y temiendo a la muerte.
 
Y he aquí por qué, al regresar a la alta mansión sombría de los antepasados, se acercó a la hermosa africana, ocupada en cocer un brebaje sobre un brasero de bronce. Pues también ella había reflexionado en sus adentros, y su pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su sonrisa. Lucrecio contempló maquinalmente el brebaje, todavía hirviente en un cuenco de metal. El líquido se fue aquietando poco a poco, y pronto su superficie fue semejante a un cielo turbio y verde. Y la hermosa africana sacudió su frente haciendo revolar en torno sus cabellos negros, y levantó en el aire un dedo. Lucrecio, entonces, bebió el filtro. E, inmediatamente, su razón se anegó, y todas las palabras griegas del rollo de papiro se borraron de su memoria.
 Y, por vez primera, estando loco, conoció el amor; y aquella misma noche, habiendo sido envenenado, conoció la muerte."
 
El arte de la biografía, Marcel SCHWOB