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[Puedes besar a la novia]

June 02

Irse...

...y así nunca tener que decir adiós

Hace tiempo que el cuerpo me pedía mudanzas y por fin me decidí a hacerlo público (aunque, como todos los procesos, comienzan a incubarse desde mucho antes de hacerse visibles). Después de haber pasado un tiempo dividida en dos, como si jugase al teléfono con envases de yoghurt, ahora sí que me voy a Islandia.

http://diariosdeislandia.blogspot.com

Mil gracias a todos por haber estado ahí. Espero que, al menos algunos, me acompañéis en esta nueva fase. La novia seguirá aquí, intacta e imborrable, esperando a que la besen. Quién sabe, quizá algún día...

 

 

May 27

A una chica desnuda

Entré en el vagón, me senté y mis ojos cayeron de bruces sobre ella.

El destino, al sentarme frente a ella, me enseñó a quererla. Tenía una espiral dibujada en el centro de los labios y los ojos perdidos, tumbados quietos bajo las cejas, que de vez en cuando eran sacudidas por una ola suave, de ésas que balancean los barcos en las bahías. La empecé a mirar a escondidas, después con algo más de descaro y, en las últimas estaciones, sin el más mínimo respeto, dejando caer mi periódico sobre las piernas, a la espera de que reparase en mi presencia desde allá donde quiera que estuviese. Todo el vagón me miraba mirarla, en un juego de voyeurs que me complacía y me hacía sentir mal a partes iguales.

Ese espacio compartido por nosotros dos me enseñó a quererla, como digo: descubrí sus lunares; las esquinas de su pecho, que dice Ferreiro; el compás de sus respiraciones; la v que juntaba sus muslos; adiviné sus pantorillas tras la falda y juraría que un dedo se movió debajo de sus playeras. Yo seguía esperando a que me devolviese la mirada desde su espejo girado, pero llegué a mi parada y las puertas se abrieron.

La dejé desnuda sobre mi cama y me bajé del tren colorado como un tomate.

 

May 19

Diario de a bordo

 
19 de Septiembre de 2007. Latitud 64 10 N
 
"Me pasé tanto tiempo contemplando mi dolor, tirándolo por la borda sólo para ver cómo se estrellaba contra el mar, que no caí en la cuenta de que hay luces que cuando se apagan no vuelven a encenderse. Estaba tan intoxicado con mi propia infección que ni siquiera llegué a plantearme si la echaba de menos. A medida que el barco se alejaba del frío y el hielo se derretía, relajé mis músculos y volví a alegrarme de que la primavera se asomase poco a poco por el borde del océano. Quedaba sólo un mes para volver a casa. Los días se hicieron más largos, recuperé el apetito y de vez en cuando hasta silbaba; y así pasaron en un suspiro las semanas que me separaban de mi regreso. Cuando desembarqué mis pies en el asfalto cocido de Madrid, noté una bofetada de calor que me tiró la tensión y la alegría por los suelos. Fue al ver de nuevo a la canícula paseándose por las calles desiertas y los vasos vacíos de mis amigos tirados por el suelo cuando comprendí que hay caminos que sólo pueden recorrerse en un sentido. Esa noche me acerqué a la puerta de su casa sólo para mirarla por última vez, y en dos días mi barco partió de nuevo."  

 

May 18

El exilio

 
Paseo por Madrid como una forastera. Sus ojos son ahora un país extraño que no me reconoce y que yo no encuentro en el mapa. He perdido el pasaporte... y sólo me sale un "qué más da" en forma de suspiro.
 
Todos somos extranjeros en alguna parte del mundo.


Warming up by SomeThing ArTsy

 

May 13

Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla


Todos tenemos habilidades secretas. Yo tengo la de llorar mientras leo el periódico. Hacía tiempo que no me pasaba, pero esta mañana, mientras desayunaba, la historia de una chica que murió con 32 años ha conseguido devolverme a mis viejas costumbres. Es (nada de era) Marta, la hija de Peridis, el conocido dibujante de EL PAÍS. El pasado año, un cáncer se la llevó de la cama de un hospital, pero no ha conseguido borrar las pisadas de sus sandalias de las playas de Asturias, que tanto le gustaban; es más, parece que haya inyectado en los que la querían esa extraña fuerza nacida de la tristeza que levanta todos los homenajes. Su padre ha recopilado todas las cartas y escritos que Marta envió a familiares, amores y amigos para construir Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla, una especie de autobiografía póstuma.

Es desalentador y alentador casi a partes iguales leer una vida que acabó tan pronto, conducida por la propia dulzura de Marta, que contemplaba con serenidad cómo el mundo se preparaba poco a poco para despedirla. Ver cómo la Marta niña juntaba con dificultad unas letras con otras, guiándose sólo por los sonidos; cómo la Marta adolescente se sentía más fea e ignorada que nadie; y cómo a la Marta joven se le iba apareciendo la muerte paulatinamente, en una especie de preparativo cruel: primero Freddy Mercury, después su tío... por último, ella. En ese camino, Marta aprendió a mirar las cosas con amor y con humor, quizás los dos ingredientes más básicos de cualquier supervivencia, incluso de las más cortas. Pero la sensación que deja el final del libro, dictado desde el mismo hospital, es indescriptible. Lo único que puedo hacer después de leerlo es dar mi enhorabuena a todos los que por fin comprendieron el valor de las cosas pequeñas, y esperar que no les llegase ese regalo demasiado tarde. Aunque nunca es tarde.

"He soñado con mi Asturias infinitas veces para redimirme. Mis pies deben de tener memoria de cada grano de arena y cada piedra. Pero yo no recordaba. La mirada de Cora no se cansaba de pedirme salir, pero, sobre todo, de que yo disfrutara con ella. Hay tantas cosas, grandes y pequeñas, que es una lástima tener que sufrir para poder mirarlas. Dicen que todo tiene un precio, y yo creo que no es cierto, se trata de querer cosas sencillas, amables, livianas, para que te dé tiempo de mirarlas, una a una.

Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla"

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Una oda a las pequeñas cosas. ELPAIS.com, Sociedad

Una piedra roja, una piedra azul, una piedra amarilla. Blog del libro de Marta Pérez Martín

 

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Manuela

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Soy demasiado yo, que es una manera creativa de decir que soy una anormal. El paso del tiempo me ha convertido en una versión algo radical de mí misma.